Hace unas noches estaba hablando con mis amigos en nuestra "noche de ñores" y discutíamos sobre cómo nos gustaría escribir. Mis compañeros de tertulia no sólo lo tenían definido, sino ya tenían avances sobre ello: uno tiene un esbozo de un cuento con moraleja sobre un niño, un árbol y el canto de unos pájaros (el no lo sabe pero se parece mucho a Murakami); el otro una idea visceral (muy como el Sabines y el Bukowski que tanto disfruta) sobre cómo medir el tiempo, en abrazos, en besos, en lágrimas. El que escribe esto, en cambio, no tenía ninguna idea clara. Sabe que quiere descifrar cosas difíciles sobre el tiempo, la conciencia, la alteridad como el viejo ciego a quien tanto admira, pero también se reconoce más insolente, crudo y terrenal como el autor del club de la pelea, se reconoce leyendo sobre líderes espirituales prefabricados, adictos al sexo, hombres con senos y toda esa clase de experiencias que la gente decente quiere creer que no pueden existir fuera de la cabeza de una mente dañada.
Así, recordando que tengo este espacio, he decidido practicar tanto como me sea posible, a la manera de quien aprende a hablar para luego desarrollar un estilo propio, que tal vez no sea ni cerca de Bukowski, ni Murakami, ni Borges ni Palahniuk.
Que sean las letras las que me guíen y que ellas decidan...
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